Se aproxima la época de festivales de cine de terror… Mientras teñimos nuestra ropa y adoptamos a un gato negro, podemos calentar motores en Netflix (sí, leíste bien), que poco a poco ha ampliado su catálogo, incluyendo varias joyitas que esperan ser descubiertas.

 

Para las siguientes recomendaciones pasé por alto las clásicas y de culto (que ya sabemos de memoria) y me concentré en las recientes (a partir de 2009), que proponen un tipo diferente de terror: uno más atmosférico, sutil e inteligente.

 

(Utilizaré sus nombres originales, pues las traducciones son lamentables, como ya lo sabrás.)

 

Black Death (Smith, 2010). Los fans de Game of Thrones disfrutarán ver a Sean Bean y a Carice van Houten (Melisandre). Una mezcla de hechos históricos (peste bubónica) con elementos fantásticos. Gran atmósfera, buenas actuaciones. Del mismo director de Severance y Triangle.

 

We Are Still Here (Geoghegan, 2015). Empieza como una clásica historia de fantasmas para convertirse en un festival de sangre y cenizas. Los espectros son brutalmente hermosos.

 

Wake Wood (Keating, 2009). Aunque la premisa es similar a Cementerio maldito, logra diferenciarse por los elementos que incluye del folclore irlandés. Emotiva, perturbadora y con un ritual “vuelvealavida” muy interesante (y sangriento).

 

Under the Shadow (Anvari, 2016). Aunque coincide en algunos aspectos con The Babadook, sobresale por incorporar el contexto político-social de la época (machismo, opresión, guerra Irán-Irak en los 80) y la leyenda de los djinns (espíritus malignos que viajan en el viento).

 

Livide (Maury & Bustillo, 2011). Tres chicos entran a la casa de una vieja moribunda para robar el gran tesoro que se rumora, pero sólo encontrarán una «herencia maldita». La historia parece salida de la mente de Guillermo del Toro (cuento de hadas oscuro, mecanismos, insectos, mansión victoriana llena de “juguetitos”, como si se tratara de un enorme gabinete de curiosidades). Elegante, poética y con un hermoso ritual de “transfusión”.

 

I Am the Pretty Thing That Lives in the House y February (Perkins, 2016 y 2015). Con este par de películas. Oz Perkins nos deja claro que la “rareza” se hereda (es hijo de Anthony Perkins, famoso por encarnar al Norman Bates de Hitchcock). Si les tienes paciencia, disfrutarás de sus atmósferas e imágenes poéticas.

 

The Babadook (Kent, 2014). Esta maravilla australiana fue todo un suceso, hasta el propio William Friedkin (El exorcista) declaró que nunca había visto una película tan terrorífica como ésta. En corto: una madre soltera y escritora de literatura infantil (casi todas las reseñas omiten este punto y es clave) tiene que lidiar con la muerte de su esposo y la “excentricidad” de su hijo, que insiste en ver monstruos.

 

The Hallow (Hardy, 2015). Familia se muda a un remoto pueblo irlandés, donde el esposo tiene que dictaminar si el bosque está “saludable”. Además de lidiar con el descontento de los pueblerinos, tendrán que hacerlo con criaturas demoniacas que desean “sustituir” a su bebé. Cuento de hadas deltoriano con elementos del folclor irlandés y maravillosos efectos prácticos.

 

I Am Not a Serial Killer (O´Brien, 2016). Adolescente obsesionado con los asesinos seriales duda de él mismo cuando en su pequeño pueblo comienzan a ocurrir extraños asesinatos. Atmósfera y estética muy bien cuidadas, Christopher Lloyd (sí, Doc de Volver al futuro) está genial y ¡citan a William Blake!

 

Hush (Flanagan, 2016). Aunque la trama es la típica de toda home invasion, Flanagan (quien nos ha sorprendido con Oculus, Somnia y la más reciente entrega de Ouija) logra refrescarla al diseñar a su protagonista/víctima como una escritora de novelas de terror… sorda (si eres lovecraftiano, busca la ópera prima del director: Absentia).

 

It Follows (Mitchell, 2014). Otro gran suceso, que apuntaló la nueva ola de cine de terror independiente. Aunque muchos afirman que su “monstruo” es una metáfora de las enfermedades de transmisión sexual, retoma esa primigenia premisa de que el terror/monstruo puede habitar a cualquiera.

 

Deathgasm (Howden, 2015). Adolescentes neozelandeses metaleros invocan por error a un antiguo demonio. Así de divertida (y sangrienta) es. Súbele al volumen y agita la mata.

 

Raw (Ducournau, 2016). Aunque la vendieron como un festival de sangre y mal gusto (hasta regalaban bolsas de vómito), es todo lo contrario: sutil y elegante. Relaciona muy bien, desde una perspectiva feminista necesaria, el canibalismo, el despertar sexual y los desórdenes alimenticios.

 

Creep (Brice, 2014). Seguramente estás pensando en esa película donde Franka Potente tiene que huir de una criatura en el metro de Londres. Pues no. Ésta es un found footage (no hagas esa cara, por favor) bastante perturbador.

 

Wer (Bell, 2013). Aunque difícilmente se puede innovar en el subgénero de hombres-lobo, logra darle la vuelta y presentarnos una buena y emocionante historia.

 

What We Do in the Shadows (Clement & Waititi, 2014). ¿Te imaginas un documental sobre unos roomies… vampiros? El mejor mockumentary del género que verás en mucho tiempo. Punto.

 

XX (VV.AA., 2017). Como toda antología, tiene cortos buenos, malos y regulares. Sin embargo, la peculiaridad de ésta es que todos son dirigidos por mujeres (ahora entiendes por qué se llama así, ¿no?).

 

The Final Girls (Strauss-Schulson, 2015).  Si te gustan los slashers ochenteros, amarás esta película; no sólo por las referencias, también por lo emotivo de la historia.

 

Extinction (Vivas, 2015). No es la típica película de zombis. Atmosférica y emotiva. Muy en la línea de The Road y 30 Days of Night. Y con un pequeñísimo guiño a Lovecraft y Del Toro.

 

Estoy convencido de que dejé de lado muchas. ¿Cuáles agregarías?

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